
Quizá es el estar sola lo que me permite escribir. Lo que me obliga a mirarme por dentro y sobretodo a escucharme.
Hacía tiempo que no sentía la necesidad que el lápiz y la hoja me acompañaran a cada paso.
Quizá había sustituido el desnudarme hacia fuera por el desnudarme hacia dentro y creía que con eso era suficiente.
Y es que, imagino que son pocos los valientes que a corta edad se lanzan a su interior sin miedo, estando más pendientes de lo que les dice su cuerpo que de lo que dicen los de su alrededor.
En estos días en que aun parece que hablar en voz alta de lo que sentimos cuando se nos rompe el corazón, o cuando se nos va un ser amado, o cuando lloraríamos (o lloramos) de felicidad por sentirnos la persona más amada del mundo; en estos días en que todavía es difícil para algunos pronunciar el nombre de la persona a la que aman porque quizá no reúna los requisitos que otros creen debería cumplir.
En unos días en los que quizá sea más necesario que nunca saberse escuchar, porque parece que a nuestro alrededor la vida nos ofrece más posibilidades que en cualquier otro momento de la historia; se continúan censurando las emociones y se nos pretende seguir educando en la idea que la respuesta a lo que sentimos no se puede desviar demasiado de unos parámetros más o menos determinados.
Nuestra pedantería, y nuestra obstinación por mantener estos límites llega a todos los ámbitos de nuestra vida desde la más tierna infancia.
Así en las escuelas, desde bien pequeños nos pretenden enseñan qué cosas nos deben gustar y debemos saber hacer bien, de no ser así se nos expulsa con total ligereza del sistema educativo, aunque formalmente no se haga hasta los dieciséis años es éste un fenómeno que muchos viven desde edades bien tempranas.
Y es que tampoco a los niños se les permite expresarse ni se les enseña a escucharse, y mucho menos a aquellos que están en la transición de la infancia a lo que llamamos adultez, a aquellos que llamamos adolescentes. A estos, como a menudo son los que más gritan, los pocos que esparcen su inconformismo, es a los que más se calla. Atribuyéndole a su inexperiencia y falta de conocimiento la mayoría de sus expresiones.
Así, en estos días aun aprendemos con un sistema educativo que no escucha realmente a los alumnos, en ninguna de sus etapas, enseñándoles que aquello que ellos sienten, aquello que les emociona, lo que les atrae, lo que en realidad son, es poco importante y las cosas realmente importantes son otras.
Y con esto no cargo contra el sistema educativo como culpable de nada, si no que lo uso a modo de ejemplo de la poca importancia que le damos a la individualidad, no de sólo sino de individuo, de lo que cada uno siente y piensa.
No he tenido demasiadas personas a mi alrededor que me enseñaran a mirar hacia dentro. A pesar de haber recibido cierta formación en el ámbito educativo y en el psicológico, que por otro lado me permite dedicarme profesionalmente a la educación, es decir, a intentar guiar a otros para encontrarse así mismos y lo que se podría llamar encontrar su sitio, porque también cabe recordar que no vivimos aisladamente; y a pesar que en gran proporción de la formación que he recibido hasta el momento se me ha señalado que la observación era la base de la intervención, muy excepcionalmente alguien me dijo de la importancia de mirar a dentro. Y también fueron excepcionales aquellos (más bien aquellas, que esto de la educación aun es mayoritariamente femenino) que me hicieron sentir realmente escuchada.
Imagino que esto de aprender a escucharse a uno mismo es una responsabilidad más bien individual, pero lo cierto es que el camino quizá nos sería mucho más fácil si aquellos que a lo largo de la vida, de una manera u otra, tienen una función de guía, y sobretodo me refiero a los profesionales del acompañamiento, nos guiaran también hacia dentro, en lugar de encorsetarnos en unos límites a menudo totalmente innecesarios que en ocasiones nos oprimen de tal manera que no nos permite mostrar ni uno sólo de los rayos de luz que nacen en nuestro interior.